Trastornos de la atención e hiperactividad. síndrome de estrés post-traumático de la infancia


Dra. Mª del Mar Ferré Rodríguez (col nº 35.398)
Dr. Jorge Ferré Veciana (col nº 12.853)

Los Trastornos de la Atención con o sin Hiperactividad (T.D.A.) van en aumento.

Son muchos los factores que pueden provocar este tipo de alteración, que interfiere sensiblemente la adaptación del niño al núcleo familiar, a la escuela y a los programas de aprendizaje.

Recuerdo la historia de un niño al que exploramos recientemente. Su profesora nos decía:

"Desde que empezó en la escuela en el grupo de párvulos de tres años, ha presentado problemas de atención dispersa, dificultades para aprender y bajos rendimientos.

Ahora, está conmigo en clase, en tercer curso de primaria y lo han diagnosticado de problemas de atención de causa idiopática, que no sé muy bien lo que significa.

Tiene problemas de concentración, pero tiene ganas de aprender y se pone muy nervioso cuando ve que algo no le sale bien.

La lectura es silábica y se cansa pronto porque no entiende lo que lee; se tapa los oídos cuando hay mucho bullicio en la clase, constantemente se le caen las cosas al suelo, no puede parar un momento.

Hace tres meses que está tomando medicación y no he comprobado cambios en su conducta ni en su forma de reaccionar.

Me gustaría conocer su opinión y que me dijera si, realmente, los signos que presenta corresponden o no a un niño hiperactivo".


Aprovecho este caso porque la descripción que hace la maestra me parece muy representativa, ya que habla de un niño que se ajusta a un perfil de conducta que muchos educadores tienen en las aulas y que, habitualmente, se diagnostica como TDA.

Estoy convencido de que muchos de los TDA de causa idiopática (que quiere decir de causa desconocida) tienen una causa muy concreta, que podemos llegar a descubrir y tratar para ir más allá de los tratamientos puramente sintomáticos.

La descripción que hace la profesora de este niño hace pensar en que el problema puede deberse a una desorganización neurofuncional. No aporta datos que puedan orientarnos hacia una causa concreta, pero sí nos permite deducir que es muy difícil estar en un aula de tercer curso bien adaptado, con un comportamiento regular, motivado y sereno con esas dificultades de lectura y de selectividad auditiva que apunta en su comentario.

El diagnóstico y tratamiento neurofuncional y causal que llevamos a cabo desde hace años nos ha permitido, en muchos casos, detectar una causa de ese T.D.A., presuntamente idiopático, y diseñar otros caminos terapéuticos distintos a los de la terapia farmacológica puramente sintomática y paliativa.

Pero, para orientar correctamente las exploraciones complementarias, hemos de historiar muy bien el caso. El 50 % del diagnóstico consiste en hacer una buena historia para no limitarnos a aplicar una batería de tests pensados para constatar que, efectivamente, se trata de un niño que tiene dificultades para controlar los mecanismos de atención.

Lo mismo ocurre con los problemas de hiperactividad, que es una de las patologías que más está contribuyendo a que surja la alarma y la incertidumbre entre muchos educadores y padres, que se preguntan qué pueden hacer con su alumno o su hijo al que han diagnosticado de hiperactivo.
Según la Asociación de Psiquiatría Americana (APA), se considera que un niño es hiperactivo e impulsivo si presenta, al menos, seis de los siguientes signos por un período mínimo de seis meses:

Una marcada inquietud motora de manos y pies.
Abandona la postura de sentado y se levanta cuando debería permanecer quieto.
Se mueve mucho en situaciones inapropiadas.
No es capaz de mantenerse quieto en juegos estáticos.
Es muy acelerado.
Siempre se muestra activo y movido.
No tiene tregua.
Habla excesivamente y sin control.
Contesta a las preguntas antes de que hayan terminado de preguntarle.
Le cuesta mantener las reglas de un juego y los turnos e interrumpe frecuentemente en las actividades que están realizando otros.
La APA considera que estamos ante un cuadro de hiperactividad si estas conductas aparecen antes de los 7 años, si estos comportamientos se dan en dos o más ambientes de los que el niño frecuenta y si los síntomas se presentan aislados y no están asociados a otras alteraciones mayores de la personalidad.

Nuestra experiencia nos indica que la hiperactividad, generalmente, se debe a una necesidad de descarga de tensiones y que lo más importante es buscar la causa que provoca esta necesidad de descarga.

Pensamos que los tratamientos medicamentosos sintomáticos deben ser el último recurso y que antes hay que proceder por otras vías.

Es un cuadro importante, porque la falta de desarrollo de control o la presión interna que lleva al niño a moverse constantemente, muchas veces, aunque no siempre, dificulta la atención, interfiere el aprendizaje y contribuye a la autodescalificación y al sentimiento de culpa.

Se presenta con más frecuencia en niños que tienen una dominancia de actividad del hemisferio cerebral izquierdo desde el punto de vista afectivo y que, por lo tanto, tienden a una sintomatología mucho más aparente y espectacular que los niños de mayor predominio sensible, afectivo e introyectivo.

Los síntomas son externos. Dirige hacia los demás las descargas de sus tensiones. Son niños que pocas veces aceptan que tienen un problema, porque piensan que el problema lo tienen los demás.
Las causas de los trastornos de la atención y de la hiperactividad son muy variadas y vamos a detallar las más frecuentes en la práctica clínica, que se recogen en el libro "LOS TRASTORNOS DE LA ATENCIÓN Y LA HIPERACTIVIDAD. Diagnóstico neurofuncional y causal":

 
1. Causas físico-biológicas:
A. Niños con temperamento alérgico o afectados de grandes parasitosis intestinales.
B. Algunos problemas endocrinológicos de hipófisis o de tiroides.
C. Alteraciones de la absorción intestinal y dietéticas (intoxicaciones poco aparentes, acúmulos de radicales libres, cuerpos cetónicos, etc).
D. Problemas de control de la glucosa o falta de ciertas vitaminas u oligoelementos.
E. Influencia de fenómenos geobiológicos, campos electromagnéticos de gran intensidad, ondas nocivas, etc.
F. Intoxicaciones por productos de nuestro medio, ya sean respiratorias, digestivas o de contacto.
 
2. El exceso de estimulación audiovisual.
A. La presión y la aceleración a la que se ven sometidos muchos bebés.
 
3. Causas sensoriales visuales:
A. Nistagmus, estrabismo, ambliopía o también llamado "ojo vago".
B. Problemas de control motor visual que interfieren la fijación y el seguimiento de los estímulos.
C. Problemas de acomodación a la luz y a la distancia.
D. Y todas las alteraciones que pueden dificultar la percepción, sobre todo en niños escolarizados.
 
4. Causas sensoriales auditivas:
A. Nos atrevemos a decir que muchos niños que se ajustan al diagnóstico de hiperactividad tienen problemas de escucha.
B. Problemas de inversión de las curvas de audición ósea-aérea.
C. Alteraciones de la función de selectividad del oído.
D. Problemas acaecidos durante la gestación, el parto o la primera infancia, que pueden bloquear el desarrollo de la audición o de la escucha.
E. Otitis intensas, persistentes y repetitivas.
 
5. Causas psicomotrices:
A. Desorden general de la etapa de suelo del niño hipotónico o exageradamente laxo.
B. Ausencia de reptado y gateo e inicio de la deambulación con el apoyo de elementos externos.
C. La hiperestimulación sensorial del niño que no ha aprendido a moverse de forma ordenada.
D. Vacíos de experiencia corporal y espacial que provocan fallos de integración.
E. Falta de desarrollo de las funciones de control e inhibición corporal.
F. Inmadurez de integración cuerpo-mente (control e integración laberínticos).
G. Inmadurez del control cortical.
H. Disfunciones rítmicas.
I. Inmadurez funcional del Cuerpo Calloso.
J. Alteraciones o bloqueos de la función de los lóbulos frontal, temporal y parietal.
K. Trastornos de la lateralidad: Ambidextrismo patológico, debido a un fallo de la conexión interhemisférica, lateralidad cruzada del ojo y la mano o del ojo y el oído dominantes y lateralidad contrariada: El niño zurdo contrariado o diestro contrariado.
 
6. Causas emocionales:
A. Traumas de gestación: Embarazo no deseado, enfermedades que pongan en peligro al feto, rechazo manifiesto del bebé, intentos de aborto, problemas psíquicos graves de la madre o del padre, ritmos excesivamente acelerados, etc.
B. Traumas de parto: Algunos partos provocados, maniobras traumáticas, vueltas de cordón umbilical, problemas de oxigenación, sufrimiento fetal o partos realizados en condiciones muy adversas.
C. Traumas vividos durante los tres primeros años de vida: Intervenciones quirúrgicas en niños muy pequeños, problemas graves que obligan al bebé a permanecer en incubadora, en la UVI o en situación de alejamiento de la madre, abandono por parte de los padres, graves problemas respiratorios o de intolerancia a la leche, que pueden producir en el bebé la sensación de que su vida peligra.
D. Entornos de estimulación muy irritativos, malos tratos, excesivos cambios de ambiente, de guardería o de domicilio, que no le permiten adaptarse a ningún entorno.
 
7. Traumas posteriores a los tres años de vida:
A. Problemas graves de celos, asociados a sentimiento de abandono.
B. Problemas graves de relación con los padres o de los padres entre sí.
C. Problemas graves de fracaso escolar que desencadenen sentimientos de rechazo.
D. Malos tratos con agresión, rechazo y amenaza de integridad física.
E. Cualquier accidente o circunstancia física que ponga en peligro la vida.
F. El aislamiento.
G. El fracaso socio-escolar grave.
 
Evidentemente, situaciones y causas tan diversas requieren, a su vez, planteamientos de terapia muy distintos que hay que adecuar a cada caso.

Podemos afirmar que muchos niños se han visto beneficiados de un tratamiento causal bien aplicado y han conseguido mejorar su equilibrio interno y disminuir notablemente su necesidad de descarga.

Dar la espalda al problema, buscar culpables, etc. son actitudes que no conducen a ninguna parte y sólo contribuyen a que, con el paso del tiempo, el problema se vaya complicando.